Que los años 70 fueron un momento psicotrópico colectivo glorioso para la cultura occidental es algo de sobra conocido, las grandes obras cinematográficas, musicales y conceptuales que se generaron entre los habitantes de esos años están en el límite de lo comprensible, son extraordinarias.
Desde per(r)ucho nos hemos propuesto investigar algunas de ellas desde una óptica un tanto demencial: usar como foco La Zona de Stalker, utilizarla como vínculo metafórico y guía para el descubrimiento de algunas estructuras subyacentes que dominaron las mentes creativas de esos años.
Investigar la presencia de Tarkovski en occidente, su percepción entre la bruma que supuso el telón de acero, las implicaciones que tuvo su presencia entre aquellos que supieron de él, entre aquellos que vieron sus películas, ha supuesto un reto fantástico del que no sé si hemos salido airosos.
Por suerte o por desgracia, a medida que avanzaba la investigación, también lo hacía nuestra memoria. Los recuerdos que almacenábamos no de esa época pero sí de un pasado que, de alguna manera, se iba entrelazando, no sólo con las hipnóticas imágenes de Tarkovski, sino también con el rugido de los Zeppelin y la bruma de un Londres fantasmagórico que, durante un tiempo en el que aún había rastros evidentes de los 70 en sus calles, tuvimos la suerte de habitar.
The 70’s The zone son muchos libros fragmentarios que se unen en un mapa situacionista, zonas que se conectan en la metazona gigante que fueron los 70, una zona formada por conexiones imposibles entre secuencias de El Espejo y No Quarter de los Zeppelin, entre libreros oculistas de Manhattan y magos improbables de las montañas de Georgia. Un laberinto atestado de ingenieros de sonido, fotógrafos atormentados, escultores muy serios, cineclubs infestados de humo, revistas gloriosas, conciertos multitudinarios, punks, heavies y cinéfilos. Toda una multitud incoherente que, sin embargo, habitaba bajo la misma frecuencia vital, bajo un mismo y brillante rugido.